"...your celebration is a sham; your boasted liberty, an unholy license; your national greatness, swelling vanity; your sound of rejoicing are empty and heartless; your denunciation of tyrants brass fronted impudence; your shout of liberty and equality, hollow mockery; your prayers and hymns, your sermons and thanks-givings, with all your religious parade and solemnity, are to him, mere bombast, fraud, deception, impiety, and hypocrisy -- a thin veil to cover up crimes which would disgrace a nation of savages."

-Frederick Douglass


The 250-year arc of the United States, a settler-colonial state rhetorically conceived in liberty, yet materially erected through the systematic extraction, commodification, and disposal of Black, Brown, and Indigenous flesh, has run, without interruption, on the fuel of anti-humanity.  From the Middle Passage to the auction block, from the genocidal slaughter of Indigenous nations to the convict leasing system that only rebranded chattel bondage, from the terror of Jim Crow to pipelines from schools to prisons that now warehouse millions, from the spatial violence of redlining to the state-sanctioned poisoning of Flint's children, the U.S. has never known a peace not purchased by the subjugation, immiseration, and premature death of its internal colonies. 

This domestic logic of racialized plunder that reduces African/Black life to a commodity and Indigenous life removable also sanctioned the incineration of Hiroshima and Nagasaki, the ecocidal carpet-bombing of Southeast Asia, the CIA's training of Latin American death squads, the starvation-inducing sanctions and shock-and-awe bombings of Iraq, the unwavering arming of apartheid Israel as it levels Gaza to rubble, and the perpetual, extrajudicial drone campaign across Somalia and Yemen. In just the last several months, this logic has resulted in continued support of genocides in Palestine and Sudan, the deepening occupation of Haiti, an ongoing war on Iran, the bombing and kidnapping of the head of state in Venezuela, tightening the strangulation against Cuba, massacres in the Philippines, and remilitarization and repression of still-colonized Puerto Rico.

What we witness today is the maturation of a coherent architecture of war and repression. The foundation of this settler state has required a military and ideological apparatus to maintain a racial hierarchy against those it exploited and displaced. This apparatus has evolved, not dissolved. The U.S. is a national security state now fusing intelligence, policing, militarization, and ideological discipline into a single, proactive system of control. Its modern manifestation is a seamless, high-tech carceral state where the brutal logic of imperial control abroad is repatriated to govern populations deemed internal threats. It is not reactive or defensive; it is anticipatory, designed to manage populations and suppress dissent, maintaining imperial order amid systemic crisis. This crisis fuels the consolidation of what can only be named as fascism, not as a historical relic, but as the capitalist reform of the state itself, emerging from the contradictions of U.S.- led imperialism and racial capitalism to uphold the dictatorship of capital. The question is not whether this system will be used abusively because it already is. The question is whether we will name it for what it is. The United States is a repressive apparatus whose normalization renders legality irrelevant and freedom an abstract ideal rather than a practice.

The task before us, therefore, is not reform within that architecture, but confrontation, political resistance, and principled opposition with it. The U.S. has spent 250 years perfecting the art of managing contradiction through violence and subversion — domestic and foreign, physical and structural. To resist is to recognize that the architecture of repression is not broken, it is working exactly as designed. And to oppose it is to understand that freedom is not a gift to be granted by the state, but a practice to be seized in defiance of it. This means choosing a freedom based on collective self-determination, human dignity, ecological survival, and people(s)-centered human rights for African/Black and all oppressed peoples. This means organized resistance until victory over imperialist war, domestic repression, and capitalist plunder.

No Compromise No Retreat!


Para la Alianza Negra por la Paz, 250 años de extracción, ocupación y represión no son nada que celebrar

“…su celebración es una farsa; su tan proclamada libertad, una licencia impía; su grandeza nacional, una vanidad desbordada; sus cantos de júbilo son vacíos e insensibles; su condena de los tiranos, una insolencia descarada; su grito de libertad e igualdad, una burla hueca; sus oraciones e himnos, sus sermones y acciones de gracias, junto con toda su pompa y solemnidad religiosa, no son más que grandilocuencia, fraude, engaño, impiedad e hipocresía: un delgado velo para encubrir crímenes que avergonzarían incluso a una nación de salvajes.”

— Frederick Douglass

Los 250 años de trayectoria de Estados Unidos, un Estado colonial de asentamiento concebido en el discurso como una nación de libertad, pero construido materialmente mediante la extracción sistemática, la mercantilización y el descarte de los cuerpos negros, morenos e indígenas, han transcurrido ininterrumpidamente impulsados por una lógica contraria a la humanidad. Desde el Pasaje Medio hasta la subasta de esclavos; desde el exterminio genocida de las naciones indígenas hasta el sistema de arrendamiento de convictos, que no hizo más que rebautizar la esclavitud; desde el terror de las leyes Jim Crow hasta el camino de las escuelas a las prisiones, donde hoy se hacinan millones de personas; desde la violencia espacial de la discriminación territorial hasta el envenenamiento, avalado por el Estado, de la niñez de Flint, Estados Unidos nunca ha conocido una paz que no haya sido comprada mediante la subordinación, el empobrecimiento y la muerte prematura de sus colonias internas.

Esta lógica interna de saqueo racializado, que reduce la vida africana/negra a una mercancía y considera desechable la vida indígena, también legitimó la incineración de Hiroshima y Nagasaki, los bombardeos masivos y ecocidas sobre el Sudeste Asiático, el entrenamiento por parte de la CIA de escuadrones de la muerte en América Latina, las sanciones que provocaron hambrunas y los bombardeos de "conmoción y pavor" sobre Irak, el suministro incondicional de armas al régimen de apartheid israelí mientras reduce Gaza a escombros, y la campaña permanente de ataques con drones extrajudiciales en Somalia y Yemen. Tan solo en los últimos meses, esta misma lógica ha sostenido el apoyo continuado a los genocidios en Palestina y Sudán; la profundización de la ocupación de Haití; la guerra permanente contra Irán; el bombardeo y secuestro del jefe de Estado de Venezuela; el endurecimiento del bloqueo contra Cuba; las masacres en Filipinas; y la remilitarización y represión del todavía colonizado Puerto Rico.

Lo que presenciamos hoy es la consolidación de una arquitectura coherente de guerra y represión. Desde sus orígenes, este Estado colonial de asentamiento ha requerido un aparato militar e ideológico para sostener una jerarquía racial sobre los pueblos que ha explotado y desplazado. Ese aparato no ha desaparecido: ha evolucionado. Hoy, Estados Unidos es un Estado de seguridad nacional que fusiona inteligencia, vigilancia, policía, militarización y disciplina ideológica en un único sistema preventivo de control. Su manifestación contemporánea es un sofisticado Estado carcelario de alta tecnología, donde la lógica brutal del control imperial ejercido en el exterior regresa para gobernar a las poblaciones consideradas amenazas internas. No se trata de un sistema reactivo ni defensivo, sino anticipatorio, diseñado para administrar poblaciones y sofocar la disidencia con el fin de preservar el orden imperial en medio de una crisis sistémica.

Esa crisis alimenta la consolidación de lo que solo puede nombrarse como fascismo, no como un vestigio del pasado, sino como la reformulación capitalista del propio Estado, surgida de las contradicciones del imperialismo liderado por Estados Unidos y del capitalismo racial para sostener la dictadura del capital. La cuestión no es si este sistema puede ser utilizado de manera abusiva, porque ya lo es. La verdadera cuestión es si estamos dispuestos a nombrarlo por lo que realmente es. Estados Unidos constituye un aparato represivo cuya normalización vuelve irrelevante la legalidad y convierte la libertad en un ideal abstracto, en lugar de una práctica concreta.

Nuestra tarea, por tanto, no consiste en reformar esa arquitectura, sino en confrontarla mediante la resistencia política y una oposición basada en principios. Durante 250 años, Estados Unidos ha perfeccionado el arte de administrar sus contradicciones mediante la violencia y la subversión, tanto dentro como fuera de sus fronteras, de forma física como estructural. Resistir significa comprender que la arquitectura de la represión no está averiada: funciona exactamente como fue diseñada. Y oponerse a ella implica entender que la libertad no es un regalo que concede el Estado, sino una práctica que debe conquistarse desafiándolo.

Eso significa optar por una libertad basada en la autodeterminación colectiva, la dignidad humana, la supervivencia ecológica y los Derechos Humanos Centrados en los Pueblos, para los pueblos africanos y negros, así como para todos los pueblos oprimidos. Significa construir una resistencia organizada hasta derrotar la guerra imperialista, la represión interna y el saqueo capitalista.

¡Sin concesiones, ni retirada!